Deborah Nofret despliega su obra, un continuo ensayo sobre la idea del autorretrato, cual flujo de imágenes que se renuevan sin respiro, y que al hacerlo van enturbiando sus lazos con el modelo original. De este modelo - el rostro y el cuerpo de la artista, la anatomía fragmentada de una mujer cada vez más lejana, y cada vez más convincente en la apariencia de su entrega- recibiremos todas las decepciones posibles: la promesa de una cercanía casi ingenua que se disuelve en torbellinos de placer visual: en texturas irradiantes, en colores profusos, en espejismos de la forma, tensada al infinito.
      Es así como Deborah decide representarse a sí misma: en imágenes brillantes, seductoras, que nos convocan con un guiño de aparente complicidad para inmediatamente iniciar un juego de transformaciones, una alquimia perturbadora tras la cual lo reconocible se torna escurridizo, leve, inabarcable.
      Se trata de una representación condicionada, mediatizada- en buena medida, gracias a los filtros implacables de la tecnología- y que ostenta con orgullo sus falsos verismos, de los que se sirve, en última instancia, para confirmar su profunda irrealidad.
      De modo que en estas obras se percibe, de una parte, el tono impuesto por las más recientes tecnologías de la imagen, con sus ideas de lo accesible, lo inmediato, lo fácilmente manipulable. Las mismas tecnologías que al parecer han multiplicado hasta el paroxismo las observaciones y las reservas de autores como Walter Benjamin y otros, quienes avizoraron los conflictos en ciernes para "La obra de arte en la época de su reproducción técnica".
      Benjamin, por ejemplo, glosa a Pirandello, que fue capaz de definir el "malestar" del intérprete [de cine] ante los equipos que habrían de captar y reproducir su imagen, imagen luego separada del actor, trasladada, ubicada fuera de su control. Sustituyendo el aparataje temprano de la industria cinematográfica por el instrumental pulido que hoy por hoy nos permite acceder al ciberespacio, nos queda todavía ese intérprete aquejado de malestares insondables: Deborah, la actriz que no sólo registra sus performances sabiendo dejarán de pertenecerle, sino que más que preocuparse por la fidelidad con la cual los medios pueden captarla a ella y a sus acciones, se dedica a pervertir la nitidez de esas acciones.
      "Pervertir", en este contexto, significa cubrir los registros con un repertorio visual de amplitud infinita. Un repertorio crecido con tradiciones plásticas recientes –del arte óptico a la imaginerá psicodélica- para inscribirse, tangencialmente, en una suerte de zona cultural "retro" a la que sin duda podríamos llamar también -valga la paradoja- "post".
      Cabe por último anotar la evolución de este continuo plástico, que en su desarrollo ha transitado del expresionismo altisonante y hasta un poco ácido a un estado de calma alucinada, de fluidez hedonista, desde cuyos meandros no se excluye –antes bien: se exalta –lo decorativo.
      Todo ello, con cierta ironía, en un trabajo que por otro lado se vincula a esa imborrable secuencia de artistas mujeres representando el cuerpo femenino: de Charlotte Moorman y Carole Schneeman en los años sesenta a Annie Sprinkle y Karen Finley en los todavía próximos noventa. De modo que si la Finley se embadurna de chocolate y de vainilla, cubre su piel de confitura y se presenta comestible; Deborah –como en el otro extremo- se nos presenta embadurna de software, maquillada de pixels, maculada de burbujas de tinta y todavía lejana, muy lejana...
Antonio Eligio (Tonel)
La Habana, julio, 2000




DEBORAH NOFRET MARRERO
(Cárdenas, Matanzas, Cuba.)
EXPOSICIONES PERSONALES
2000 Ciberpinturas. Exposición itinerante.
Galería Carmelo González, La Habana, Cuba.
Sala de audiciones del Conservatorio de Cristóbal Halffter , Ponferrada ,León España.
Casino Kurssal, San Sebastián, España.
2000 Ciberidentidades. Centro de Prensa Internacional, La Habana, Cuba.




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