| Probablemente debiera empezar, como se debe, por el principio. Ante todo, habría de dar datos y referencias personales; así seguiría diciendo porqué pinto y cual es mi posicionamiento en el mundo de la pintura. Estoy seguro de que con ello habría cubierto aquellas necesidades formales habituales, como corresponde a la presentación de cualquier pintor ante un público desconocido. Y, al propio tiempo, dando una imagen pretenciosa de mí mismo, que es de lo que se trataría. Pero con ello estaría mixtificando la verdad, que, en el fondo, solo es una, aunque sea subjetiva. |
|
| Soy yo mismo. Lo demás es accidente. Importa poco quien sea el que utiliza los pinceles. Importa la obra. La obra, que dice mucho más de su autor que una biografía, bien que fuere esta absolutamente extensa. La obra que es consecuencia de una vida, no de un accidente afortunado. Como los grandes amantes de la historia, no amo una sola mujer, ni a todas. Amo a la Mujer. Es decir, a la Pintura. Cualquier obra, quien quiera que sea su autor, responda al criterio pictórico que fuere y se enmarque en la escuela que, asimismo, sea, me puede llegar a lo más profundo de mis sensibilidad y, cuando menos, ha ganado mi respeto. Pinto como creo que debo hacerlo, lo que, en el fondo carece de interés. Porque nada de la pintura me es ajeno. | |
| La vida, como concepto, me llevó a la pintura. Nunca concebí la vida sin pintura, sin música y sin literatura. Ni mis manos sin un lápiz, un pincel ó cualquier instrumento que me permitiera trazar líneas, encontrar espacios, determinar colores. Y es que la vida, otra vez, en sus accidentes sorpresivos, me halló un día concreto de un mes preciso de un año muy determinado, con un bolígrafo para escribir y unos pinceles para pintar. No fue una decisión; fue un "fatum", algo inevitable, algo contra lo que en muchos momentos me hubiera gustado luchar. Y descubrí la inutilidad de este intento de abandono, incluso de su declaración. La pintura me había hecho su prisionero. |
| Antes dije que "nada de la pintura me es ajeno". Cada exposición, cada obra en cada exposición (Monet, Macke, Klee, Casas, Tapies, Chillida, Millares, Picasso, Bacon, Saura, Morandi...) me han producido un verdadero escalofrío en lo más recóndito de mi ser. Cada amanecer visto, soñado, presentido, cada sonrisa, cada llanto, cada árbol, cada ola en el mar, cada olor, cada poema me han causado una sistemática vibración en una fibra no localizada aún, ausente de ADN, más mía que nada en el mundo. El posterior encuentro con el grabado, el tacto del papel, el olor de la tinta y su extraña corporeidad han sido elementos que me han ensanchado el horizonte. Porque, en definitiva, pintar es todo lo que se hace a lo largo de cada día. |
Creo en la pintura, naturalmente, pero exijo que sea honesta, coherente y que se corresponda con un trabajo constante, duro y sin descanso. Que no se abandone al arbitrio de las musas que nunca llegan, a las inspiraciones que nos harán expirar sin saber qué son. Creo que cada día es demasiado corto y nuestro discutible mundo demasiado nuestro como para olvidar las cosas, las formas que lo llenan de interés. Esta primavera ha llovido; el suelo del encinar que es mi vecino más querido se ha llenado de colores malvas, verdes, amarillos y blancos, con estampaciones rojas vivísimas. Las palomas, los mirlos, los gorriones y no sé cuantas aves más se han abierto a su actividad reproductora y dejan sonidos de una belleza casi absoluta. La tierra huele a verde y a calor. Y todo esto es pintar. Aunque no acabe en un lienzo. Vivo en un país concreto y en un momento determinado. Un país que ha dado al mundo un listado de artistas tan grande como para llenar las páginas de cualquier guía telefónica. Un país que sigue generando artistas plásticos con una generosidad absoluta. Un país en el que da miedo ser pintor. Un país que nos ha ensañado a sus artistas, a pesar de todo, a amar a todos sus creadores. Y, por consecuencia, a los de cualquier parte. |
|
| Pedro Martínez - Avial |