
De entre sus manos asomó un sapo verdoso y completamente lleno de letras que
no cesaba de repetir su saludo.
-¡Croac! ¡Croac! ¡Qué bien que has venido!- dijo el sapo.
Jose no cabía en su asombro. El solito con la ayuda de una única herramienta: una
hoja de papel de periódico, había dado vida a un sapo verde muy letrado que, aun por
encima, hablaba con la facilidad de un locutor de radio.
-Croac, te estaba esperando muy croac impaciente. ¡Vamos! ¡Croac! monta en mi
grupa que necesito tu ayuda! ¡Croac!
El niño tenía la boca y los ojos tan abiertos que le ocupaban toda la cara. ¿Estaría
siendo víctima de una alucinación como esas que se producen en el desierto? El creía
que no.
Rozó la piel rugosa del anfibio para asegurarse de que no soñaba y por supuesto
se aseguró.
-¡Vivito y coleando!- exclamó tras palpar como santo Tomás
.
El sapito parlanchín agradeció la caricia con un nuevo "croac" y, sin demorarse un
minuto, repitió la invitación que parecía ser muy urgente.
Jose no se detuvo a pensar. Sabía que si lo hacía terminaría por marcharse y
olvidar lo sucedido. No le era posible comprender como una hoja de papel puede ser de
carne y hueso e invitarle a uno a pasear pero, que fuera posible o no, no tenía la más
mínima importancia; estaba sucediendo y eso era lo importante y lo divertido.
¡Cuantos cientos de cosas solían suceder que él no entendía y normalmente eran
horrorosas! Pero hoy no iba a ser así. Hoy el misterio prometía ser fantástico. ¡No había
tiempo para pensar! ¡Sólo para actuar!
-¡Allá voy!
