EL ESPANTABRUJAS DE SAN PEDRO.

En días de positivismo difícil es que la leyenda corra. Se afirma que es eso, simplemente leyenda, cuentos de noches frías o de abuelas idas. Fantasías bobas de recuerdos yerros. Si además esas leyendas se cuenta que sucedieron en tierras tan mistericas como las gallegas ... entonces ya, el final. Brujerías. Mundo profundo. Hechizos falsos y demonios cautos. Positivismo.

Pero muchos nos resistimos a pensar así. Las leyendas puede que sean solo eso, leyendas. Aunque nacieron. Y aparecieron en algún momento. Y desde ahí se transmitieron. Puede que algo cambiadas, puede que con un tanto de mito y un cuanto de retórica. Pero nacieron. Y entonces fueron reales. Y quiero creer que fueron tal. Necesito creerlo. Porque si no fuera así, se derrumbarían las fantasías de la historia que hicieron historia misma.

En la Galicia medieval existía una profunda convicción religiosa de sus hombres, que en lo rural estaba muy lejos de los convencionalismos eclesiásticos del momento. La doctrina prisciliana empapaba aldeas y rincones. Decían que era herejía y su fundador fue el primer hereje al que la iglesia condenó a morir en la hoguera por sus ideas. Pero su doctrina tenía algo que en Galicia arraigó con inusitada intensidad. Los fieles celebraban las fiestas bailando con los pies desnudos, en contacto con la tierra, en silencio, roto solo por el son de algo que aun no era gaita ni dulzaina, aislados unos de otros aun estando juntos. Por sus pies entraba a todo su cuerpo la fuerza de la madre tierra y decían que era el mismo Dios quien la portaba.

En San Pedro de Porzonillos, por debajo de Betanzos, se conserva una iglesia que algunos dicen que fue templaria, aunque la cosa no es muy segura y más bien tiende a falsilla. Se construyó por los finales del siglo XII. Tiene una sola nave y un curioso rosetón con forma de estrella de David. Delante de ella celebran los aldeanos una ceremonia ancestral, posiblemente ya se hacía por los siglos VI y VII. Bailan descalzos. Con los ojos en el cielo. No se miran unos a otros. Solo se oye el sonar de una gaita. Pero no se la ve. El músico se esconde tras la masa de la iglesia.

En un momento todos paran y miran a un mismo sitio. Algo murmuran. Enseguida siguen su danza. Han mirado a una figura grabada en la frontal de la iglesia. Un espantabrujas que afirman infalible. Desde que, supuestamente los caballeros templarios, edificaron la iglesia y colocaron este relieve en su fachada, nunca se vieron espíritus malignos por estos pagos.

Por eso, los aldeanos cuidan la imagen. No es cosa de perderla. No es posible que desaparezca el talismán.

¿Quién asegura que antes, antes de la iglesia, allí, precisamente en ese sitio, no recuerden algún aquelarre?. Esos tiempos son lejanos. Muy lejanos. Por eso hay quien dice que esto son leyendas. Cuentos. Historias. De abuelas idas.

Pero ... por si acaso, todos los años siguen bailando, siguen mirando y siguen cuidando la vetusta figura de la espantabrujas.








SAN MIGUEL DE BREAMO.

Galicia y misterio, misterio y Galicia. Binomio inseparable y fama bien ganada. No se sabe bien la razón. Lo cierto es que lo galaico es "profundamente misterioso". Hasta en acontecimientos históricos que parecen irrefutables. Cuando un historiador afirma algo, ... que no roce a Galicia ... puede pasar cualquier cosa. Y si no, vean, vean, mejor, lean:

La Orden del Temple fue reconocida oficialmente en el concilio de Troyes en 1129. Unos años antes, se afirma que diez, en tierras santas y entre las ruinas de castillos jerosolomitas, nueve caballeros, solo nueve, decidieron fundar esta que luego sería Gran Orden del Temple, llamándose en principio "de los pobres caballeros de Cristo".

Pues un año antes de este reconocimiento, cuando la Orden seguía oficialmente estando compuesta por únicamente nueve nobles caballeros, había templarios en Galicia. Cuando Alfonso VI cedió a Raimundo y Urraca el dominio del condado de Galicia y a Enrique y Teresa el de Portugal, en Souce, en 1128, ya había un castillo templario y fueron templarios los que muerto el conde Enrique, acompañaron a Teresa en su guerrear por tierras del sur contra los musulmanes en 1128.

En estas correrías reconquistadoras llegaron los guerreros a términos del hoy Pontedeume y en lo que entonces a su norte se llamaba Breamoldon sentaron sus relaes los caballeros de la cruz roja guerrera. Eran años de 1187.

Ay, San Miguel, San Miguel de Breamo ... Tu iglesia, la templaria, esta sola en el terreno. Pocos te ven. Menos te conocen. No saben lo impresionante de tu historia, lo mítico de tu leyenda, lo real de tu ser que se esconde y niega.

Te construyeron sobre un templo celta que nadie supo cuando nació. Y te hicieron en este año porque la fecha esta grabada en tu propia piedra. Y eres extraña. Muy extraña.

Tu traza es pobre. Tu puerta humilde. Ni tan siquiera tiene columnas que la decoren. Sobre ella, tu primera sorpresa. Un rosetón magnifico, hijo de maestro, una estrella de once puntas que deja atisbar tu interior. ¿Qué quieren decir esas figuras, esos relieves, esos símbolos que te rodean? En el año que te construyeron el gran maestre de tu orden sufrió una gran derrota ante las huestes de Saladino. Cayó prisionero y renegó de su fe. Este pudo ser el principio del fin del Temple. Por eso se afirma que te construyeron no como templo, sino como testamento. Y el texto son tus símbolos.

Lo cierto es que antes, como celta, a tu alrededor acudían brujos y brujas. Tu solar tiene fama de mistérico. Hay poderes que brotán de esta tierra. Hasta la Inquisición ordenó batir tus contornos.

Cerca tienes la cueva de Forba de Tombou, en la playa de Bes.

Allí se asegura que unos campesinos encontraron una cabeza de un animal que nadie identifico aun.





LOS GUARDIANES DEL TESTAMETNO

Corría el mes de diciembre de 1224. Cerca de la iglesia de San Miguel, en Breamo, once hombres rodeaban en silencio una hoguera que les calentaba y calmaba algo de la tremenda humedad que la lluvia provocaba. Eran gente madura, de armas por las lanzas y espadones que portaban, de iglesia por las cruces que orlaban sus blancas capas. Eran caballeros del Temple, templarios venidos del Oriente a los que sus maestres habían destinado a estas tierras del Finisterre. Habían sido luchadores contra musulmanes de Saladino. Habían sufrido derrota y habían huido contraviniendo las normas de su orden. Por eso estaban aquí.

Tenían como misión guardar esta humilde iglesia. Estaba aquí, en ninguna parte, aislada, solitaria. Inmensa en la riqueza que contenía. Aunque su aspecto no dejara adivinarlo. Su humildad externa era la mascara de su tesoro oculto.

Siempre fueron los canteros templarios maestros en el labrado de la piedra y artesanos del acertijo. Tenían, además de la misión de construir, la de anotar en las obras de piedra que componían los secretos que debían ocultar y luego transmitir. Eran sabios en cantería y maestros en misterios. Se decía de ellos que guardaban en sus cabezas los grandes secretos de los enormes tesoros de Tierra Santa y de los conocimientos sublimes de sus maestres.

Y esto guardaban los once. Los signos sagrados que decoraban esta capilla. Los que eran el testamento de la humillada orden, la derrotada, la que había pasado por la ignominia de saber perjuro a su Gran Maestre. Aquí se encontraba todo. La historia de lo ocurrido, la sabiduría que no lo impidió, el escondite de sus riquezas.

Se acercaba la noche y era de natividad. Carecían de todo estos monjes y guerreros. Solo tenían su soledad. Y la capilla que custodiaban.

Caídas las primeras sombras se refugiaron en su interior. Por las estrechas y altas ventanucas, mas aspiles guerreras que miradores, penetraba breve luz de estrellas. Miraron al rosetón sobre la puerta. Once puntas. Una por caballero. Así era desde que la construyeron. Por ella estaban allí once. Uno por extremo.

Poco a poco fueron mirando más y más a la roseta. Algo extraño ocurría en ella. No sabían bien que. Algo era diferente en esta noche navideña.

Al rato lo entendieron. Un poco por si mismo, otro poco por lo extraño, supieron que en esa noche la roseta no tenía once puntas. Eran doce. Una más. Un caballero más. Y lo había. En el centro de la nave, la humilde nave de San Miguel, un niño dormía apacible sobre las brezas ante el altar.

Y así permaneció toda la noche. Hasta las primeras luces del alba. Hasta que amaneció. En ese momento el rosetón volvió a tener once puntas y el niño desapareció.

Desde entonces, todas las noches de la Navidad, los que se aproximan a esta iglesia-capilla juran que el rosetón tiene doce puntas. Las cuentan y recuentan y siempre son doce. Hasta la mañana. Hasta el Alba. Entonces, vuelven a ser once.

Por eso, a los que así hablan, nadie les cree. Cuentos de la abuela ida.




LA REDENCION DE LOS QUIROS.

En medio de los mares, besado por la espuma,
las ruinas de un castillo del Temple yo admiré;
y vi a sus caballeros en medio de las brumas,
blandiendo sus espadas por la cristiana fe.

(El ultimo templario. Tradición gallega recogida por Jose Castro Pita>

Viveiro. La Colleira. Historia. Historia viva de tradición sagrada. Documentos que convierten leyenda en realidad y no por ello la hacen menos bella y sugestiva.

Si hay lugares en los que la tradición celta es raíz básica, este es Viveiro. El 15 de agosto, todos romeros, al monte San Roque. Tradición chocolatera. Romería que recuerda tiempos de druidas.





En la isla Colleira se erguía el monasterio de San Miguel. Desde allí, los monjes utilizaban las míticas barcas de cuero para ir a la punta a decir misa. Se demuestra que estos pagos se fundaron por el rey Leovigildo nada menos que en el 580. En el concilio de Husillos, Palencia, de 1088 se confirma la existencia de lugar y tradiciones. Se sabe que allí llegaron templarios y allí permanecieron hasta el 1307, año de la caída de la orden.

Felipe el Hermoso, rey de Francia, ordeno a la familia Quiros destruir este castillo y acabar con sus ocupantes. Con gran crueldad cumplieron esta orden. Todos los freires fueron acuchillados: Todos menos uno que logro escapar a la matanza y consiguió llegar al barrio de Baltar, en Viveiro, donde se refugio en casa de un vecino que le protegió.

Poco después murió uno de los Quirós del degüello. Mando decir 36 misas, una por cada freire que el mismo asesino.

Las misas se celebraron rigurosamente. Una por día. La ultima coincidió con el 24 de diciembre del 1309. Era costumbre en estas misas que el oficiante utilizara pan ordinario para consagrar. Lo daban los vecinos de Baltar. El mismo barrio que dio refugio al último templario.

En la ultima, en la de la noche de la Navidad, como siempre, los vecinos entregaron sus panecillos al monje. Pero en la cesta no había panes, sino unas deliciosas confituras en forma de estrella.

Cuentan que nadie sabía como había ocurrido tal transformación. Ni tan siquiera si lo era. Lo cierto es que, empezada la misa, el monje bendijo las dulces estrellas y comenzó a repartirlas. Y no acababan nunca. Cuanto más ofrecía, más le quedaban. Cosa milagrosa fue aquella. Tan notoria que los vecinos de Baltar quisieron recordarla y todos los años, por la Navidad, reparten estrellas golosas entre sus amigos.

Algunos barriales, de esos que todo lo saben, fueron contando en aquel año del primer milagro que un Quirós había dado el cambio. Que había sustituido la cesta de panes por la de dulces. Quizás en homenaje a su familiar muerto y arrepentido. Quizás un servicio a la ultima misa de perdón.

Nunca se supo. Pero cierto es que desde entonces, en Viveiro y durante muchos años, las mejores estrellas dulces, las hacían las mujeres de la familia Quirós.









PORTADA

GUIONES DE TEATRO DE MILA OYA